Desde el día de su descubrimiento, las pasiones se han desatado en torno a Altamira. Se convirtió en un escollo para la comunidad científica y en un examen de conciencia para sus representantes. Y para el descubridor, el sensacional hallazgo resultó ser una tragedia.
La cueva se descubrió en 1868 por accidente. Un perro de caza que perseguía a un zorro desapareció de repente. El cazador empezó a buscar a su mascota y le oyó gemir... bajo tierra. El cazador hizo rodar una piedra y entró en la cueva a través de una grieta. El descubrimiento fue comunicado al propietario del terreno, el arqueólogo aficionado Marcelino de Sautuola.
En noviembre de 1879, tras una exposición arqueológica en Francia, Sautuola decidió excavar Altamira. Cornamentas de ciervo, fragmentos de vajilla, hachas de sílex y otras herramientas: la persistencia del arqueólogo se vio recompensada.
Pero el descubrimiento único pertenece a María, la hija de nueve años del arqueólogo: "¡Mira, papá, hay toros!". Sautuola no podía creer lo que veían sus ojos: antiguos bisontes, caballos y jabalíes "bailaban" en el techo.


